domingo, 15 de abril de 2012

Crisis

Es la primera vez que mi generación vive en su propia piel una crisis económica en todo su esplendor. La última que recuerdo, allá por principios de los años 90 no tuvo ni la envergadura ni las consecuencias de la que estamos viviendo ahora. Quizás en parte a que, ahora, con la globalización de los mundos, todo se vive a lo grande, lo bueno y lo malo. 

Hoy no voy a escribir sobre las causas de la crisis, porque soy una ignorante en el tema. Hoy, y desde hace semanas, pienso sobre las consecuencias de ella. 

El viernes pasado, mientras viajaba en el metro en hora punta rodeada de personas que se dirigían hacia su puesto de trabajo, no pude más que ver pesadumbre, agotamiento e infelicidad. Y las crisis son cíclicas pero los sentimientos de pesar no tienen por qué serlo. El ser humano puede estancarse en un estado perenne de tristeza y por tanto convertirse en una consecuencia indefinida de la crisis. Quizás porque hace doce años decidí estudiar Psicología, me parece infinitamente más interesante y preocupante las consecuencias que el hecho en sí. 

Una de las frases que más comúnmente se oye en la actualidad es "Afortunadamente tengo/tienes trabajo". Y si dejamos de lado la verdad de la frase, que no la cuestiono, ni la cuestionaré jamás, hay un más allá de esa frase. Digamos que hay vida después de la pronunciación de ese dicho. Es tiempo de estar desempleado o estar en un trabajo donde las condiciones han variado con respecto a años anteriores. Y esas variaciones, producto de diversas causas, han generado gente insatisfecha, presionada, y que trabaja peor. Infinitamente peor. Y no nos estamos dando cuenta de ello. 

Hace años descubrí una película que me provocaba cierto temor, aunque no sabía qué era exactamente lo que lo provocaba. Hoy, sé a qué se debe. La película es Metrópolis (1927) y la sensación de vacío interior que desprenden los trabajadores que avanzan hacia el interior de la fábrica es lo que me provoca un inmenso miedo. Ese quedarse sin sentimientos, esa sensación de "estar al servicio de la máquina" es lo que me horripila. 


Es una suerte inmensa tener trabajo en los tiempos que corren, pero intentemos entre todos que acudir a nuestro puesto durante ocho horas no sea un vacío interior, sino una recompensa que nos genere bienestar emocional. No son asuntos contrapuestos, solo hay que aprender a conjugarlos. ¿ Difícil? Seguro. ¿Posible? También.