Katy fue la primera de una serie de animales que fueron pasando por nuestra casa y nuestra vida. Ella es la más especial por ser la primera, por lo que supuso en nuestras vidas y por lo que dejó tras de si. Pero en absoluto fue la única. Como en la mayoria de las infancias, siempre hay una o varias mascotas que recuerdas con cariño. En mi caso, tres fueron las mascotas más relevantes de mi infancia: Katy, Lazy y Anónimo. Anónimo porque no me dio tiempo a "bautizarle" con algún nombre, ya que su paso por mi vida fue rápido pero intenso.
Anónimo no entró en mi vida durante la època infantil, sino durante el primer curso de la Universidad. Anónimo era un hamster, o como preferia llamarle yo, una rata. Y prefería llamarle así en lugar del eufemistico vocablo "hamster" o "conejillo de indias" porque en esa época comenzabamos a estudiar los experimentos en la asignatura Aprendizaje y Condicionamiento. Experimentos donde las ratas parecian en ocasiones, mucho más despabilados que algunas personas que conozco. Y eso me sorpendió tanto, que me invadió el impulso irrefenable de "educar" yo tambien a una rata bajo condicionamientos clasicos. Vamos, que me sentía como la descendiente natural de Pavlov sólo que yo me había decantado por los pequeños roedores mientras mi gurú y maestro lo hacía con los canes.
Uno de los dias en que bajé del autobus que me traia de San Sebastián, me dirigí directamente hacia la única tienda de mascotas que teníamos en el pueblo y allí escogí a mi rata y su jaula. En casa me esperaba un sinfin de anotaciones de los progresos que iría realizando mi nueva mascota, o al menos eso imaginaba. Qué corto iba a ser mi periplo científico. Llegué a la cocina, le abrí la jaula y le puse entre mis manos antes de que recorriera su nuevo hábitat con el fin de que fuera incorporando en su esquema mental el recorrido que en futuras ocasiones tendria que cumplir con el objetivo de obtener una recompensa en forma de queso curado.
El profesor de la asignatura nos había recomendado que durante unos minutos, tuviéramos a nuestros roedores entre las manos y le acariciáramos porque en gneral son animales bastante asustadizos y el contacto tranquilo y sosegado les hace mantener su ritmo cardiaco más pausado. Mientras le acariaba, sentía que Anónimo estaba muy alterado, su respiración era rápida e incompleta pero yo no cejé en el empeño de relajarle. En un momento sentí que quería huir, que buscaba su libertad de entre aquellas manos pero yo estaba dispuesta a darle todo el amor del que era capaz.
A veces el amor duele. Eso debió pensar mi rata. Cuando me quise dar cuenta, le habia provocado accidentalmente una expulsión parcial del globo ocular derecho. Prometo que no fue a propósito, mi amor se excedió y el cariño que tenia para darle era demasiado fuerte del que su cuerpo podía aguantar. Cuando me percaté del incidente le dejé en su jaula descansando. Mi amor por la ciencia le habia provocado la pérdida de un ojo. Y alli estaba él, en su jaula, intentando dormir pero sin cerrar un ojo. Creo que no podré olvidar nunca aquella imagen. Y por eso, porque en aquel momento no podía ver cada día a un ser vivo al que habia provocado una lesión permanente, decidí reclamar a la tienda. Sé que no es la mejor manera, pero ¿qué otra cosa podía hacer? Le acusé de haber vendido una mascota con un defecto (no estaba dispuesta a asumirlo ni publica, ni siquiera en mi foro interno) que yo habia sido la responsable de aquello. Y aquel hombre, no muy convencido, aceptó cambiarmelo por otra rata "en forma".
De aquella apenas recuerdo cosas. Recuerdo que apenas la cogí entre mis manos, que siempre la miraba desde el otro lado de las rejas de su jaula y que la encontré muerta meses después una mañana de un sábado lluvioso. Yo estoy convencida de que murió de falta de amor. Me dio miedo dárselo.














