Primera Parte
Era una mañana en la que las briznas de hierba comenzaban a secarse con el sol de la mañana, después de una madrugada de rocío intenso. Sophie se había levantado para comenzar su jornada laboral. Era miércoles y la semanas volaban. Después de varias experiencias profesionales fracasadas, gozaba ahora de cierta tranquilidad y asumía que no podía pedir más.
Era una mañana en la que las briznas de hierba comenzaban a secarse con el sol de la mañana, después de una madrugada de rocío intenso. Sophie se había levantado para comenzar su jornada laboral. Era miércoles y la semanas volaban. Después de varias experiencias profesionales fracasadas, gozaba ahora de cierta tranquilidad y asumía que no podía pedir más.
Sophie había nacido en París, en el año 1960. Sus padres, aún sin vivir en la miseria, no podían ofrecerle lo que ella buscaba para sí. Es por ello que, cuando cumplió la mayoría de edad, metió en una maleta algunas camisas y varios pantalones junto con un millón de sueños por cumplir. Era más que suficiente para comenzar de cero en un lugar que le pudiera dar un proyecto de vida distinto.
Sophie llegó a un Berlín dividido por el muro en el año 1978. La primera semana la pasó entre la euforia de saber que estaba viviendo un nuevo proyecto y el desconsuelo de quien se siente que le arrancan parte de su cuerpo. Reía y lloraba a partes iguales. Se instaló en un humilde apartamento en el distrito de Friedrichshain, desde donde podía acudir cómodamente a la Facultad donde se matriculó para estudiar Enfermería. Nunca se había destacado por ser una persona especialmente brillante en los estudios pero sí persistente. Por ello, después de mucho esfuerzo, años después consiguió el título que le llevaría a conocer a la persona más especial que nunca hubiera conocido.
Beschützer era el profesor de Legislación y Ética Profesional de la Universidad Freie de Berlin. A sus 28 años, se había convertido en uno de los profesores titulares más jóvenes de la Facultad. Sin ser especialmente atractivo, Besch, como así le llamaban sus alumnos, gozaba de buena fama entre sus pupilos, debido entre otras cualidades, a saber establecer buenas relaciones con ellos. Era común verle pasear, tomar café o dar clases personalizadas a quien lo solicitara.
Quizás fuese eso o quién sabe qué, Sophie fue consciente desde aquel mismo instante, que Besch formaría parte de su vida para siempre. Aun incluso si nunca se dirigieran la palabra. El profesor se había metido en su sangre, en sus entrañas y en su mente de una forma cuasi diabólica. Sin embargo, y a pesar de considerarse a sí misma como una persona pasional, no era habitual que pensara en él de forma erótica sino en un sentimiento mucho más complejo. Cuando Besch se convirtió en su profesor, Sophie conoció por primera vez el amor paternal más allá del que había conocido amando a su padre. Pensó entonces que la distancia que le mantenía alejada de su progenitor, le hacía tener la necesidad de desarrollar ese amor en la distancia en la figura de una persona más cercana. Durante esa primera etapa, Sophie mantuvo relaciones esporádicas con personas que no le llenaban pero le acompañaban.
Cuando acabó el primer curso y Besch dejó de ser su profesor, ambos decidieron mantener la relación de amistad que habían iniciado casi desde el primer día. Si bien el profesor Beschützer estaba comprometido emocionalmente con otra persona, esto nunca fue obstáculo para alimentar las diversas amistades de las que gozaba. Así, el profesor le ayudó a ir sacando lenta pero segura, todas y cada una de las asignaturas durante los tres años que coincidieron en la Facultad. Juntos compartieron ratos en la Biblioteca, cafés en los bares cercanos, y paulatinamente cada uno de los dos fueron entrando en la vida personal del otro...