domingo, 29 de mayo de 2011

Mascotas Infantiles II

Katy fue la primera de una serie de animales que fueron pasando por nuestra casa y nuestra vida. Ella es la más especial por ser la primera, por lo que supuso en nuestras vidas y por lo que dejó tras de si. Pero en absoluto fue la única. Como en la mayoria de las infancias, siempre hay una o varias mascotas que recuerdas con cariño. En mi caso, tres fueron las mascotas más relevantes de mi infancia: Katy, Lazy y Anónimo. Anónimo porque no me dio tiempo a "bautizarle" con algún nombre, ya que su paso por mi vida fue rápido pero intenso. 

Anónimo no entró en mi vida durante la època infantil, sino durante el primer curso de la Universidad. Anónimo era un hamster, o como preferia llamarle yo, una rata. Y prefería llamarle así en lugar del eufemistico vocablo "hamster" o "conejillo de indias" porque en esa época comenzabamos a estudiar los experimentos en la asignatura Aprendizaje y Condicionamiento. Experimentos donde las ratas parecian en ocasiones, mucho más despabilados que algunas personas que conozco. Y eso me sorpendió tanto, que me invadió el impulso irrefenable de "educar" yo tambien a una rata bajo condicionamientos clasicos. Vamos, que me sentía como la descendiente natural de Pavlov sólo que yo me había decantado por los pequeños roedores mientras mi gurú y maestro lo hacía con los canes. 

Uno de los dias en que bajé del autobus que me traia de San Sebastián, me dirigí directamente hacia la única tienda de mascotas que teníamos en el pueblo y allí escogí a mi rata y su jaula. En casa me esperaba un sinfin de anotaciones de los progresos que iría realizando mi nueva mascota, o al menos eso imaginaba. Qué corto iba a ser mi periplo científico. Llegué a la cocina, le abrí la jaula y le puse entre mis manos antes de que recorriera su nuevo hábitat con el fin de que fuera incorporando en su esquema mental el recorrido que en futuras ocasiones tendria que cumplir con el objetivo de obtener una recompensa en forma de queso curado. 
El profesor de la asignatura nos había recomendado que durante unos minutos, tuviéramos a nuestros roedores entre las manos y le acariciáramos porque  en gneral son animales bastante asustadizos y el contacto tranquilo y sosegado les hace mantener su ritmo cardiaco más pausado. Mientras le acariaba, sentía que Anónimo estaba muy alterado, su respiración era rápida e incompleta pero yo no cejé en el empeño de relajarle. En un momento sentí que quería huir, que buscaba su libertad de entre aquellas manos pero yo estaba dispuesta a darle todo el amor del que era capaz. 

A veces el amor duele. Eso debió pensar mi rata. Cuando me quise dar cuenta, le habia provocado accidentalmente una expulsión parcial del globo ocular derecho. Prometo que no fue a propósito, mi amor se excedió y el cariño que tenia para darle era demasiado fuerte del que su cuerpo podía aguantar. Cuando me percaté del incidente le dejé en su jaula descansando. Mi amor por la ciencia le habia provocado la pérdida de un ojo. Y alli estaba él, en su jaula, intentando dormir pero sin cerrar un ojo. Creo que no podré olvidar nunca aquella imagen. Y por eso, porque en aquel momento no podía ver cada día a un ser vivo al que habia provocado una lesión permanente, decidí reclamar a la tienda. Sé que no es la mejor manera, pero ¿qué otra cosa podía hacer? Le acusé de haber vendido una mascota con un defecto (no estaba dispuesta a asumirlo ni publica, ni siquiera en mi foro interno) que yo habia sido la responsable de aquello. Y aquel hombre, no muy convencido, aceptó cambiarmelo por otra rata "en forma".  

De aquella apenas recuerdo cosas. Recuerdo que apenas la cogí entre mis manos, que siempre la miraba desde el otro lado de las rejas de su jaula y que la encontré muerta meses después una mañana de un sábado lluvioso. Yo estoy convencida de que murió de falta de amor. Me dio miedo dárselo.

1 comentario:

  1. Soy novata en el arte de la “concisión y la brevedad”, pero eso ya lo sabes. Quisiera contarte algo que tiene que ver con mis “extrañas” relaciones con el mundo animal... No me gustan especialmente las aves, pero a raíz de esta experiencia las he llegado a admirar... Un buen día en el jardín trasero de mi casa de Lima, donde vivía, andurreaba una paloma blanca, y se acercaba a la comida de la perrita que teníamos y se la comía… Kitty no le hacía mucho caso la verdad… tampoco le dí mucha importancia porque pensé que saldría volando al detectar que movimiento en el interior de la casa o al salir alguien al patio, o al ladrar la perra. La paloma no se iba, día tras día se había establecido en el jardín, paseando por él todo el día con las consiguientes “caquitas” cubriendo mi patio cada día un poco más…., decidí meter la comida de Kitty en el interior de la casa para desalentarla y que se fuera. No le hacía aspavientos con los brazos para que se fuera porque siempre me han dado mucha curiosidad todos los animales y me limitaba a observarla. No quería intentar cogerla (ya tenía suficiente con cuidar de mis dos perros, un gato, un sapo y con el ratón de laboratorio que salvé de morir en un experimento y al que llamé Ropochón). Hacía buen tiempo en Lima, así que dejábamos la cristalera corredera que daba del salón al jardín abierta… y una madrugada unos pocos días después de meter la comida de la perrita dentro en el salón, nos despertamos por sus ladridos frenéticos, bajamos corriendo a la planta del salón a ver qué pasaba y vemos a la perra a cinco metros por lo menos de la paloma que se ha metido dentro de casa y está la pobre quietecita en un rincón… me acerco a ella con la intención de cogerla y sacarla fuera, y cuando estoy casi a su lado levanta las alas y emite un sonido que no era como una canción, sino más bien como un chillido!!!! Y entonces veo que tiene en el ala derecha como un boquete, que se le ve como carne y cartílago… me quedé parada, me dio penita, no podía volar ya que tenía esa herida en el ala, me aparté pues me supo mal asustarla tanto, y lo cierto es que la admiré porque al apartarme y dejar de ladrar la perra se fue toda decidida hacia la comida de ésta y se puso a picotearla… la pobre estaba muerta de hambre, hacía como unos cinco días antes que habíamos decidido meter la comida de la perra dentro para desalentar a esta paloma, y resulta que la pobre no podía salir de nuestro patio y se estaba muriendo de hambre, ¡motivo por el que desesperada había entrado dentro para comer! La perrita se acostumbró a que entrara y se paseara por el salón y comiera su comida. Le puse de nombre Cuquita, porque tenía un aspecto “muy cuqui”. Cuando pasan los años y lo piensas, puedes sentir mucha vergüenza de estas pequeñas decisiones, pero en ese momento me pareció ideal para ella. La alimentaba por las mañanas (le hacía pelotitas con las migas del pan que sobraban del desayuno), y cuando nos sentábamos a la mesa la llamábamos y venía corriendo como una posesa con las patitas torcidas. Mi madre llegó a un momento que por mucho que admirara ella también la valentía de esta paloma, estaba hasta las narices de sus “huellas” -necesidades no solo ya en el patio sino en el salón de casa, …
    ¿Porqué he atraído yo a esta paloma a mi vida?... Cuquita estuvo viviendo en casa un par de años hasta que un día desapareció. Durante mucho tiempo me dediqué por entero a ella y nada más, deseaba tantísimo que se curara que no me ocupé en nada más…. Pues bien,… mi madre una tarde que volví del colegio corriendo para verla me enteré que ella había levantado el vuelo. Su herida en el ala derecha a la que se le veía el cartílago se le había ido curando y había conseguido volar,… ¡se fue volando!
    Por cierto, no volvió. Lloré mucho porque la recordaba cada día y la echaba mucho de menos, pero yo era muy feliz de saber que ella lo había conseguido.
    Hace aproximadamente un par de años me enteré, de que no fue así. Mi madre harta de la paloma se la había regalado a un criador. Cuando recuerdo lo mucho que lloré no entiendo esta decisión.

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